
HOY, PARA SER SOCIALISTA HAY
QUE SER VERDE
Por David Roca Basadre
QUE SER VERDE
Por David Roca Basadre
“En nuestra visión,
la crisis ecológica y la crisis de deterioro social están profundamente interrelacionadas y deben ser vistas como distintas manifestaciones de las mismas fuerzas estructurales. La primera se origina ampliamente en la industrialización rampante que desborda la capacidad de la Tierra para amortiguar y contener la desestabilización ecológica. La segunda se deriva de la forma de imperialismo conocida como globalización, con efectos desintegradores en las sociedades que encuentra a su paso.”
Michel Löwy – Joel Kovel
En “Manifiesto Ecosocialista”
“Yo antes luchaba por la justicia social.
Ahora lucho por la salvación de mi especie.”
Hugo Blanco Galdós
En coloquio sobre Ecopolítica - UNMSM
Michel Löwy – Joel Kovel
En “Manifiesto Ecosocialista”
“Yo antes luchaba por la justicia social.
Ahora lucho por la salvación de mi especie.”
Hugo Blanco Galdós
En coloquio sobre Ecopolítica - UNMSM
En una breve pero estupenda biografía de Karl Marx, escrita por un liberal honesto como lo fue Isaiah Berlin, este dice sobre su personaje: “Difería de los otros grandes ideólogos de su generación en que apelaba, por lo menos en su propia opinión, solo a la razón, a la inteligencia práctica, denunciando nada más que el error intelectual o la ceguera, insistiendo en que todo cuanto los hombres necesitan para saber cómo salvarse del caos en que están sumidos es procurar comprender su situación real, creyendo que una adecuada estimación del preciso equilibrio de fuerzas en la sociedad a la que los hombres pertenecen indicará por si misma la forma de vida que es racional perseguir. Marx denuncia el orden existente apelando no ya a los ideales, sino a la historia…”. (1)
La contundencia y fortaleza, durante décadas, del aporte marxiano se explica así, por una lectura de lo concreto que transcurría en su tiempo y su época, y en oposición a prejuicios morales, puramente éticos e incluso estéticos que marcaban, desde el idealismo de muy nobles y justas aspiraciones, a las corrientes contestatarias de su tiempo que, por ello mismo, no lograban el despliegue social al que aspiraban.
Obviamente las razones de Marx estaban influidas por la ciencia de su tiempo, por el medio y la época en que le tocó vivir, por los prejuicios y la historia de un siglo XIX europeo que no tiene mucho que ver con lo que hoy vivimos. Pero le ha tocado a Marx, junto con el enorme bagaje occidental llegado a nuestras playas y cielos nevados y bosques, instalarse intacto para que otros lean con sus gastados anteojos una historia que él mismo leería diferente, dotado como estaba de tanta agudeza para reconocer la historia presente.
A los marxistas entre nosotros les ocurre ante la historia real, algo parecido a lo que a los románticos idealistas europeos, llenos de buenos sentimientos y pureza ética, les ocurría ante los argumentos del viejo topo de la Biblioteca del Museo de Londres. La historia es impermeable a sus discursos tan ajenos, las mayorías poblacionales pasan a su lado y los miran como extraños, etéreos, partes de algún pasado interesante, soñador y bien intencionado, pero curiosamente incapaces de definir un destino, diseñar una sociedad futura, dibujar el socialismo más allá de la palabra misma.
Puesto que, efectivamente, se trata de diseño. Y así, los largos argumentos de los estudiosos y observadores de las luchas sociales se traban en el preciso momento en el que hay que definir a dónde vamos. Mudos.
¿Estatismo? Obviamente que la experiencia sombría de los países de la órbita soviética y su estrepitoso fracaso rechazan esta posibilidad.
¿Socialdemocracia? La experiencia de los países socialdemócratas europeos es interesante, pero… ¿no se han beneficiado igualmente – como todos los países del desarrollo capitalista – de la acumulación de recursos obtenidos a bajo precio en otros territorios, más allá de sus propias posibilidades? Ser equitativo con los suyos tiene su mérito, pero no a costa de los otros. Y, en todo caso, aquello ya no es posible para nosotros que no tendríamos otros para esquilmar.
¿Socialismo a la cubana? Es un socialismo de emergencia, con virtudes nacidas de la resistencia, pero grandes penurias para poder resistir. Por otro lado, nació con vocación de estatismo al que parece no haber renunciado. Logros innegables y admirables, pero… ¿es sostenible?
¿Socialismo chino? Aquí solo queda el nombre, como es claro. Ni siquiera hay una dependencia para planificar desarrollo y esta tarea ha quedado – como cualquier país capitalista – en manos del mercado. Cabe ver que todos los socialismos estalinistas terminaron en algo parecido.
¿Socialismo a lo Lula? No hay socialismo allí, ni proyecto de socialismo tampoco, obviamente, como no lo hubo con la Concertación en Chile, grandes administradores del sistema.
¿Socialismo del Siglo XXI? Difícil conciliar socialismo y poder personal centralizado al extremo, más allá de que haya habido empate entre movilizaciones sociales y un gobierno que ha hecho todo lo posible por controlar a esos movimientos sociales, restándoles autonomía. Por otro lado, millones de barriles de petróleo han llevado a alianzas con criminales como los gobernantes de Irán. ¿Esa realpolitk nos conviene como ejemplo? ¿Al margen de logros por ver, es sostenible un socialismo hecho de la dependencia de – contaminantes – combustibles fósiles?
¿Ecuador? Concentración de poder cada vez mayor en Correa, lógica de administración pragmática del sistema, con mayor vocación distributiva, como todos. Lo mejor de su gente y el apoyo del pueblo indígena ya lo abandonaron. Además, la palabra socialismo nunca brota de sus labios, si se dan cuenta.
¿Bolivia? Podría acercarse a un proceso real de transformación. Pero no puede uno convencerse del todo cuando avala – yendo contra todo lo proclamado – el uso de tierras para la explotación minera e hidrocarburífera. Hay, con todo en Bolivia, el rescate de la gran participación popular en un proceso que recién comienza, lo que lo convierte en la mayor proximidad hasta ahora a lo que podría ser un derrotero.
La tan repetida frase de José Carlos Mariátegui sobre hacer socialismo sin calco ni copia nos martilla el oído. Pero antes de pensar en ello, es necesario admitir el balance de fracaso, logros parciales, imposturas, o apenas por ver, de los diversos proyectos llamados, o autodenominados, socialistas. Y en lo que respecta al lenguaje, al subconsciente colectivo, admitir que desde hace ya dos décadas la idea socialista originaria, ha sufrido una enorme derrota ideológica de manos del neoliberalismo, del capitalismo rampante y existente que invade cada rincón de nuestras vidas.
Si no sabemos a dónde vamos, ¿cómo vamos?
Imaginar el futuro no es un ejercicio ocioso para un político. No debería serlo, al menos. Y hay allí dos caminos:
a. El de la pura imaginación que desarrolla mundos ideales, inalcanzables, pero que sintetizan todo aquello de bueno que uno desea alcanzar. Son ejemplo de esto los socialistas utópicos europeos de los siglos XVIII y XIX, pero antes en la misma tradición, los mundos creados por Moro o acaso la Nueva Atlántida de Bacon y otros similares. En nuestro continente, el País sin Mal que infatigablemente buscaron durante siglos los hermanos indígenas tupi guaraní es un bello ejemplo… Todo muy serio, parte de la necesidad humana de espantar al dolor, como en el mito del paraíso cristiano.
Pensamos sinceramente, y contra todo prejuicio, que en este rubro hay que colocar, hoy, a la sociedad socialista tal y como ha sido pensada hasta este momento, conservando implícitamente el argumento del socialismo científico, y donde se debería llegar a la equidad total sobre la base de la distribución de una inagotable riqueza, producto de la transformación de inagotables recursos. Es aquello de inagotables recursos – cuando sabemos que hay regiones del planeta que ya están muy por encima de la sostenibilidad posible – lo que hace utópica esta propuesta.
Pero hay más, comparte piso con el capitalismo en su confianza en un desarrollo de progreso lineal y de indudable mejoría en función de mayores bienes materiales, diferenciándose tan solo en que define canales y caminos más justos de redistribución. En términos prácticos, la consecuencia no menor es que se entabla – incluso a nivel de Estados y comunidades – una lucha por los recursos que permitirán la provisión de productos, de mercaderías finalmente, en clara confrontación, pero sobre los mismos términos de acuerdo de desarrollo con los representantes capitalistas; de allí, el salto a la negociación y a las concesiones, incluyendo la opción del pragmatismo para la administración del sistema, hay un paso que inevitablemente, suele darse.
b. El diseño de sociedad a partir de referentes históricos no deterministas, visibles, pero materialmente sustentables y medibles, es la segunda posibilidad. Para ello debemos tratar de reconocer en nuestra organización social el conjunto de sus necesidades materiales e inmateriales (afirmación en las identidades colectivas), las bases posibles de su sustento, la protección y conservación de los recursos de vida, el abastecimiento de energía renovable, las bondades del territorio y que promueven la posibilidad de buen vivir en él (huella ecológica propia) y también las interferencias ajenas que inciden en las carencias (huella ecológica ajena en el territorio propio), formas de control poblacional, las organizaciones económicas posibles – descentralizada, tipos de intercambio (tipos/formas variables de mercados), fortalecimiento de economías locales, etc. –, las posibilidades de autoabastecimiento material (alimentación, vivienda, etc.), tecnologías propias y apropiadas para un buen uso del territorio, reconocimiento de fenómenos climáticos recurrentes o posibles (incluyendo obviamente las variables con respecto al cambio climático), priorización de términos de intercambio con otras regiones cercanas y solo en segundo lugar las más lejanas, a partir de la información recabada. La planificación ecológica en el uso del territorio, es un eje vector para tal diseño, y ello manteniendo los principio de justicia redistributiva, participación y de respeto a las libertades que son pilares desde la voluntad política que, obviamente, deben mantenerse.
Tal diseño deberá – y no es tarea menor reconocerlo – contar como punto de partida con lo ya existente, y con la enorme dificultad que de ello deriva.
Esto, en suma, corresponde a lo que podemos definir como adecuación de vida en el territorio, asumiendo el concepto de territorio como mucho más que la geografía pues incorpora las voluntades y deseos y necesidades de los seres vivos que lo habitan, su diversidad y su manera de relacionarse con este. La percepción que mantienen los pueblos indígenas de integración con todo el entorno, de interrelación con todos los elementos del ambiente, del que son parte, debe y puede presidir la organización de un país que, en caminos más amplios, deberá como la naturaleza toda, romper fronteras.
El socialismo, de esta manera, será obra de la voluntad, no es un resultado obligatorio o predeterminado, pero se justifica más que jamás sobre las bases materiales de la carestía producto del mal uso del territorio, del agotamiento de recursos, el imperialismo nuevo que reoligarquiza la tenencia y el uso de la tierra, que impone sus formas de percibir el mundo como si fueran universales, que naturaliza el consumo como práctica de vida, que sujeta conciencias mediante técnicas de control social masivas, que promueve un statu quo de regiones de alto consumo y nivel de vida con regiones abastecedoras de sus privilegios de consumo, que acentúa la globalización de su hegemonía de quinientos años por todos los caminos posibles, incluyendo la fuerza.
El socialismo debe ser verde
La historia presente es la suma de los hechos de los hombres en su relación con el entorno que habita, en el ambiente que ha creado con lo que naturalmente estaba allí. De la relación sostenible y armoniosa hasta donde sea posible, de la clara conciencia ecológica, saldrá el socialismo radicalmente democrático y sustentable que esperamos. La alternativa al capitalismo salvaje y depredador y la alternativa a un modelo de desarrollo y civilización cuya crisis nos está arrastrando a todos. En la hora, ser socialistas, por ello, obliga también a ser antiimperialistas, para plantear una nueva globalización, desde el sur y desde la diversidad.
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(1) “Karl Marx” por Isaiah Berlin – Edición castellana de Alianza Editorial – Madrid 1973 (Edición original: “Karl Marx: His life and Environment” – Oxford University Press – London 1963).

1 comentarios:
Lei con mucho interés tu articulo sobre el socialismo "verde". Me gusto sobretodo la segunda parte, con tus propuestas "positivas". Tengo algunas reservas acerca de tu critica demasiado unilateral de todas las experiencias y propuestas socialistas; cierto, hay que rechazar el modelo sovietico, pero no se trataba solo de "estatismo", sino de burocracia, dictadura, ausencia de libertad y de democracia. No comparto tu vision tan negativa de las experiencias latino-americanas del 'socialismo en el siglo 21"; comparto tus criticas, pero hay que reconocer el avance que significan, sobretodo si se compara con lo que paso en Brasil y Chile. Por otro lado, la teoria marxista ("socialismo cientifico") debe ser criticada, pero de forma dialectica, tratando de apoyarse en sus logros y de superar sus limites (concepción del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, "abundancia", etc). Quizas más que un desacuerdo en el fondo, se trata de una cuestion de formulacion.
Un gran abrazo fraternal,
Michael
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